nâo é por acaso Luis

nâo é por acaso Luis: (www.astormentas.com)
Poema ao acaso


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quinta-feira, 22 de maio de 2014

na Terra Chá



http://ramonchao.wordpress.com/2014/05/18/alvaro-cunqueiro/


Álvaro Cunqueiro

18 MAYO, 2014

Ramon chao rego
alvaro conqueiro copieMINI

Al levantarse la veda en la Terra Chá –una choza aquí, otra allá y el resto es soledad -, individuos de toda calaña pululaban  en busca de patos, perdices, conejos y urogallos indefensos. Sus actividades cruentas con animales me repugnaban. Yo era niño prodigio del piano y seducía a los carniceros tocándoles El lago de Como – una de las piezas más cursis del repertorio pianístico -, por ver si los amansaba.
Mis padres tenían en Vilalba, capital de esta comarca,  una fonda  ostentosamente llamada Hotel, célebre en toda Galicia debido al pastelón que cocinaba mi madre, y algo por el genio histriónico de mi padre.
Entre decenas de otros, aparecían dos o tres veces por año en el hotel Álvaro Cunqueiro, Celso Emilio Ferreiro, Torrente Ballester y José María Castroviejo. Este gozaba de una reputación deleznable, simplemente porque una noche mi madre lo había sorprendido en calzoncillos al salir del WC, y porque en sus años anarquistas habría colocado una bomba debajo de la silla de su padre, catedrático en la Universidad de Compostela.
Antes de saber que se trataba de literatos, estos clientes eran para mí rastreadores insaciables y gorrones.
Cunqueiro vivía a treinta y cuatro kilometres de Vilalba, en Mondoñedo, ciudad «rica en pan, en aguas y en latín»- decía. Xoaquin Cunqueiro su padre, buen cazador, refinado gastrónomo y alcalde del pueblo, explotaba una farmacia en la que se liaban tertulias de médicos, canónigos, sacamuelas. Esta fue la academia de Alvariño. “Allí aprendí el nombre de todas las hierbas, y a distinguir los cantos de pájaros.” También escuchaba lances prodigiosos y cuentos de amoríos, leyendas artúricas, carolingias y viajes alucinantes. Todo eso sin menospreciar la barbería de “El pallarego”. “Él fue mi maestro. Me enseñó filosofía, música, geografía y literatura. Iba allí todos los días, a leer el periódico a los clientes. Inventaba la mitad de las noticias y las comentábamos. El barbero también disponía de tebeos para los niños. Alvariño les contaba la vida de Búffalo Bill, en la que los blancos hablaban castellano y  los indios, gallego.
Con veinticuatro años, allá por 1935, escribió una corta autobiografía en la que detalla que de niño “tenía pasión por los caballos y los encajes y que era poco xogantín, (socarrón) mentiroso y contemplativo”. Sus pillerías eran tolerables, como cuando en los años cuarenta en nombre del ayuntamiento de Mondoñedo compró un tiovivo de Feria, para que los niños se divirtieran en las fiestas de su patrón San Lucas. Nadie llegó a saber cómo se apropió de la chequera del alcalde, su padre, e imitó su firma, pero éste pagar pagó.
Cunqueiro venía a menudo a Vilalba con el catalán Josep Pla, pues gustaba de mostrar nuestras reputadas ferias a sus amigos gastrónomos. Mi padre les ayudaba a elegir capones dorados de Tardad y quesos de San Simón, más célebres  por sus formas tetudas que por su calidad. Era un espectáculo ver grandullón mindoniense, hacedor de historias de fantasmas, de tesoros guardados por moros y enanos, de sirenas durmientes en ciudades sumergidas, regateando por cinco pesetas. Yo era demasiado joven para comprender que el escritor estaba transformando en literatura nuestras tradiciones.
La sublevación militar de 1936 le sorprende en Mondoñedo. Al poco se entera de los asesinatos de algunos amigos suyos por obra de los fascistas, como su impresor Ánxel Casal. En vistas de su pasado y militancia en el Partido Galeguista, le entra un lógico temor. Cualquier desliz podía costarle la vida. Así que modera sus veleidades nacionalistas. Un cura de Ortigueira le aconseja que escriba en la revista de la falange ‘Era azul’ y salude a lo fascista. Cunqueiro obedece,  arrincona el gallego, adopta el castellano, y su meollo pergeña sonetos a José Antonio:

SI por murallas, pasión nunca sabida,
voces proclaman tu carne como escena,
¿qué tu boca sin sed, de tierra llena,
responde a nuestro amor y enorme vida?
¿Escucharás siquiera la florida
rama de encina, por siglos tan serena,
o el vidrio que derrama en dura pena
peña sufriendo ríos sin medida?
Muerte cegó tus ojos y usó el frío
hierro en tus pies, cadenas destinadas
a privarte del aire y del rocío.
José Antonio, señor, yacen desesperadas,
olvido del invierno y del estío,
las naves mozas por tu canto armadas.

Más tarde diría: «¡Ah, sí! ¡Eso sí que es un soneto de ocasión! ¡Un soneto muy malo! [...] Me lo pidieron Luis Rosales y Laín Entralgo cuando murió José Antonio. Era un hombre joven muerto por sus ideas y escribí un soneto muy malo, porque nunca se me dio el soneto. No tengo por qué avergonzarme. Es algo que haría también por Lord Byron, porque siempre que un joven muere por sus ideas, por lo menos se merece un soneto ».
En 1939 se afinca en Madrid para escribir en ‘ABC’. Disponía de un espacio reservado en el periódico; y si había que llenar huecos achacables a la censura, allí estaba él para inventar noticias, comentarios y fantásticas repercusiones.
Por ejemplo, concibió y publicó la noticia, fechada en E.UU., de que la Universidad de Columbia había otorgado un premio de 20.000 dólares por una novela al escritor Alvaro  Cunqueiro. Se fue a ver a todos sus conocidos con el recorte, consiguiendo anticipos a granel.
Podríamos decir de la vastísima cultura de Cunqueiro que era casi toda inventada. Su Historia parece anterior a la propia Historia: no un territorio mítico, a lo García Márquez (cosa de una o de varias novelas fundidas en un barroquismo de selva frondosa), sino un espacio idealizado que se obstina en realizarse, y a fuerza de escritura lo consigue. El tiempo en cambio es un artificio innecesario (“La cronología, qué ordinariez”), decía Borges; tanto que el propio Cunqueiro unos días es cronista medieval y otros cartujo en una celda o escritor de provincias que sale a pasear, sabe los nombres de las hierbas y las setas y charla de literatura o de filosofía con los perros de su pueblo.
En Madrid tuvo un percance con el embajador de Francia, al que logró embaucar para escribirle (con remuneración previa), una serie de reportajes sobre las regiones francesas – que no conocía. Cunqueiro cobró, y los artículos no aparecieron. Como el diplomático se quejara a las más altas instancias, la Dirección General de Prensa acordó desposeerle del carné profesional.
Asqueado de la capital, defraudado  por la ideología a la que había dedicado sus peores poemas, regresa a Mondoñedo sumido en una profunda depresión, agravada porque muchos de sus amigos se habían exiliado y otros le ignoraban debido a sus coqueteos falangistas. Casado y padre de dos hijos, se consagra a las leyendas artúricas, a los viajes de Ulises, a las anécdotas de curanderos. Sin camisa azul ni carnet de periodista, se dedica a comer y a leer. Vuelve a escribir en gallego, porque lo hablaba con todos en la calle y con los campesinos en las ferias.
Paradojas de la vida, habiendo sido desterrado de su profesión, entre 1965 y 1970 llega a dirigir el ‘Faro de Vigo’. Editados en varios libros, sus artículos son una rara mezcla de cotidianidad y leyenda, con una prosa íntima y llana que parece salida de un medioevo futuro.
Escribía yo en La Voz cuando fui a visitarlo a Galicia. «Tú vas a ser nuestro corresponsal en París», me dijo. «Álvaro, ya sabes que colaboro en la Voz ». « ¡Me es igual !». Y desde entonces, cada vez que llegaba una noticia de Francia, él se las arreglaba para añadir: «Como nos informa nuestro corresponsal en París, Ramón Chao…». El director de La Voz me lo reprochó, pero Francisco Pillado era tolerante. Después de mi explicación me dijo: ¡“Todos sabemos cómo es Cunqueiro”!
Cuando me vine a París perdí de vista a los cazadores, pero oía hablar de ellos, sobre todo de Cunqueiro. Salían sus novelas y lo único que se decía en los medios que yo frecuentaba es que tenía en su haber poemas en loor de la falange, y alguna anécdota picaresca. A mediados de los años cincuenta ya había yo leído todo lo que se podía leer en la España de aquella época: La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela; Nada, de Carmen Laforet, novelas de IgnacioAldecoa, de Zunzunegui, de Papini y el Romancero gitano de García Lorca. Sin embargo, si del otro lado de la frontera se quería ser progresista en pocos días, bastaba con bañarse en la obra de Machado (Antonio y no Manuel, el preferido de Borges); Blas de Otero; lo que escribieran los hermanos Goytisolo; todo ello en quebranto de lo que fuera literatura de imaginación, en particular de Cunqueiro y Torrente Ballester.
Pese a ello, víctima de una vertiente del estalinismo, yo seguía con mis prejuicios hasta que vino unos días a París Aurichu Pereira, nada sospechosa de franquismo. «No, Ramón; tienes que leer a Cunqueiro. Es uno de los mejores escritores del momento». Me puse a ello, empezando por las Crónicas del sochantre. “Había imaginado  - dijo Cunqueiro en su presentación -, que este libro fuese iniciado con una carta dedicatoria al que allí, en el siglo XVI, fue obispo de Mondoñedo, Fray Antonio de Guevara. Y no solamente por lo que aprendí en él, aprendí a escribir, sino porque conforme van pasando los años, me encuentro muy fiel a él —como a Borges, por ejemplo— en la invención de erudiciones”.
Quedé deslumbrado. Al fin descubrí el origen del realismo mágico y la presencia del espíritu gallego en Juan Rulfo, en Cien años de soledad…. Luego Álvaro Mutis y García Márquez me confirmaron su gusto por la obra de Cunqueiro, así como la influencia del mindoniense en sus obras. La realidad maravillosa, el realismo mágico lo teníamos en Galicia desde hacía años sin que nadie se enterase. Recuerdo que cuando estuve en Aracataca (el Macondo de García Márquez) con el Expreso del hielo, me encontré con muchos descendientes de gallegos. El propio García Márquez  me confesó que todo lo que tiene de irracional  Cien años de soledad,procede de leyendas gallegas: invenciones que le contaba cuando era niño su abuela (gallega) para dormirlo.
Emprendí la lectura de toda su obra; con retraso y con fervor descubrí su prosa desenvuelta, su devoción por la sintaxis latinizante, por el vocablo culto, por la construcción neoclásica, el sabor arcaico del pretérito en lugar del pluscuamperfecto, escritura incorrecta según la gramática sólo permisible en Galicia. Pero “Yo no soy un erudito – repetía -; por eso pido perdón si alguna vez aparezco tal; a mí lo que me gusta es contar llano y seguido, fantástico y sentimental a la vez; lo que pasa es que a veces escribo entusiasmado y distraído.”
De tanto empaparme, caí en sus redes delirantes. No es que Cunqueiro fuese solamente mi escritor de cabecera, sino que antes de ponerme a la máquina necesitaba leer algunas líneas suyas para tratar de situarme en estado de gracia. Con él aprendí que “toda reforma y toda primavera emanan del corazón, pues él elige las temporadas,  las ardientes amistades, las canciones, los caminos, la esposa y la tumba…”
Escribía yo en aquel entonces la Vida de Empédocles de Agrigento, y por uno de los artículos de Cunqueiro me entero de que acababa de asistir a un coloquio gastronómico en Salaparuta de Sicilia. Allí había conocido al Conde de aquel distrito, autor de la mejor biografía de mi filósofo. Pregunté en el Centro Italiano de París, en algunas librerías de Roma, telefoneé a la alcaldía de Salaparuta, que sí existe, pero nadie conocía al conde en cuestión. Llamé a Vigo, hablé con su hijo César, quien revisó la obra de su padre. Al final me recordó escuetamente: “Ya sabes como era…”
Admirado por la perfección de sus trampas, quedé con mala conciencia. Estaba en deuda con él. Cuando supe que sus días estaban contados decidí ir a Vigo a decírselo. Me llevó a su casa nuestro amigo común Perfecto Conde, corresponsal de El País en Galicia. Cunqueiro estaba tumbado en un sillón, agotado y cerúleo entre dos diálisis. Me confesé: «Álvaro, me tienes que perdonar. Fui tan víctima como tú de la incomprensión, cada cual de una de las dos Españas». Apenas tenía fuerza para hablar. Esbozó una sonrisa. Le estreché las manos, frías y huesudas. Estábamos emocionados y hasta se nos saltaron las lágrimas. De vuelta a París, me esperaba la noticia de su muerte. Me llamaron de El París, y me negué a contar mis relaciones con él.
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Imaxens:
http://www.arteinformado.com/Artistas/24917/abel-barandela/
http://turismodepontevedra.blogspot.com.es/2010/06/cuncas-para-alucinar-turistas.html
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21/05/2014  -  13:31
http://ramonchao.wordpress.com/2011/04/19/este-premio-serviume-para-volver-a-galicia-e-reconciliarme-co-meu-pobo/

quinta-feira, 8 de maio de 2014

compañeiros de viaxe a ras do Chao


Los compañeros de viaje

6 MAYO, 2014

http://ramonchao.wordpress.com/2014/05/06/los-companeros-de-viaje/
che-y-sartre


Se le atribuye a Bergamín una frase que si non é vera me viene muy bien para empezar el cuento. Dice así: «Yo, con los comunistas, hasta la muerte, pero ni un paso más». Es ben trovata también esta sentencia digna de don José, y ahí se detiene todo parecido de persona tan admirable con el paradigma de esos animales políticos ambiguos, en vías de desaparición, que fuimos los compañeros de viaje. El término data de 1923 cuando Trotski definió así a los defensores del comunismo que se resistían a entrar en el partido comunista:
«No consideran (los papuchiki ) a la revolución como un todo, e ignoran el ideal comunista. No son los artesanos de la revolución proletaria, sino sus compañeros de viaje artístico. Con ellos se plantea siempre la misma pregunta: ¿hasta dónde irán?»
Años más Larde, ya exiliado, el mismo Trotski matizaba aún más la diferencia entre un compañero de viaje y un revolucionario profesional: «Una generación entera de la inteligencia de izquierda ha vuelto su mirada hacia el Este, y ha unido su destino no tanto a la clase obrera revolucionaria como a una revolución victoriosa, lo que no es ni mucho menos lo mismo».

Robert J. Oppenheimer, padre de la bomba atómica, simplificaba y resumía en 1943, casi en una fórmula científica, su definición del compañero de viaje que había sido hasta hacía poco tiempo: «una persona que acepta una parte del programa comunista, sin ser miembro del partido».

Esta es la que voy a adoptar en este artículo, por no perderme en meandros y consideraciones tácticas, morales y doctrinales, que habría tantos como personajes concernidos, desde el compañero de viaje sincero, del primer momento, que arriesgaba casi tanto como los militantes, hasta el oportunista y tardío, que se puso en marcha cuando estar al lado del PC era de buen tono. Convendría distinguir también entre el compañero de viaje del interior y el del exilio, por la diferencia de peligro en que incurrían. Pero cada personaje merecería un análisis especial, y el de Picasso no sería el más desconcertante: ingresó en el PC tras la liberación de Francia, pero en realidad fue compañero de viaje hasta su muerte, a pesar de haber reconocido humildemente en 1956 que «no comprendía nada de política». Y lo más notable ya, para rematar su caso, es que las personas que le aconsejaban en este terreno, el pintor Pignon y la escritora Helene Parmelin, se salieron del PCF años más tarde…

Anatole France, Sean O’Casey, Bernard Shaw, André Gide, Romain Rolland, John dos Passos, George Orwell, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre fueron compañeros de viaje eminentes —y pronto decepcionados— de la Unión Soviética y de los PC de sus respectivos países. Su papel, como el desempeñado por otras personalidades del mundo del cine y del espectáculo (Simone Signoret, Yves Montand, etcétera) fue inmenso en la época de la guerra fría, cuando se trataba de defender a la «patria del socialismo». «Su acción tiene un significado político enorme, y no solamente en tanto que manifestación de una forma de sensibilidad que se expresa a nivel de las «capas intermediarias» de la sociedad capitalista, sino que logran frenar al imperialismo mundial en su esfuerzo por perpetrar un crimen sin precedentes: un ataque contra la URSS», explicaba Karl Radek en el Primer Congreso de Escritores Soviéticos, en 1934.

Los compañeros de viaje han sido siempre gente mimada por los partidos comunistas. En su libro Les compagnons de route, David Caute señala numerosos casos de seducciones. En 1952, el compañero de viaje Arnold Zweig fue invitado por los soviéticos para asistir al centenario del nacimiento de Gogol. Le concedieron una suite en el hotel Metropol, le rodearon, así como a su mujer, de toda clase de atenciones, hasta atribuirle trescientos rublos diarios para sus gastos personales. Ciertos excesos de hospitalidad llegaban a atentar contra la vida de los invitados. En La force des choses, Simone de Beauvoir cuenta que cuando Jean Paul Sartre visitó por primera vez la Unión Soviética, en 1954, le dieron un banquete aplastante de cuatro horas en la dacha del escritor Simonov. Al final no podía levantarse de la mesa, que se le doblaban las piernas por lo mucho que había engullido. Más tarde, tras una comilona en Moscú, tuvo que ir a tomar el aire por el borde del río Moscova para recuperar los sentidos, pero de tal forma se le aceleraron los latidos del corazón, que tuvieron que hospitalizarle.

Para preparar la visita de Feuchtwanger, las autoridades soviéticas publicaron en ruso nueve de sus obras, con una tira da total de 260.000 ejemplares. Sus novelas antinazis Erfo!g y Die Geschwister Oppermann fueron elegidas para convertirlas en películas, y durante su estancia en Moscú, en 1936, le asaltaron los traductores, los productores y los editores.

Al mismo tiempo, los libros de Heinrich Mann, el compañero de viaje alemán más prestigioso durante el frente popular, merecieron la tirada de dos millones de ejemplares en la Unión Soviética.

Algo parecido le sucedió a Romain Rolland; mientras fue compañero de viaje se editaron cerca de dos millones de ejemplares de sus libros en la URSS, y Upton Sinclair aseguraba que durante los años treinta la venta de los suyos se elevaba a los tres millones.

«Esto no quiere decir, evidentemente», concluye David Caute, «que estos hombres se hayan dejado “comprar”. En realidad, estas cifras representan menos una avidez de dinero que una necesidad de ser reconocido; la vida de un escritor, al fin y al cabo, a menudo no es más que una lucha desesperada para serlo, no sólo por sí mismo, sino también por lo que cree que representa su obra».

En España, la aparición del compañero de viaje se da en un contexto diferente, pero su evolución tal vez tenga ciertos parecidos con el internacional. Para empezar, aquí se era compañero de viaje casi sin saberlo. Cualquiera que en los años posteriores a la guerra civil no comulgase con las ruedas de molino falangista era tachado de «filocomunista» y fichado. Luego se decía «simpatizante» y muchos lo éramos mucho de aquellos militantes temerarios y abnegados que constituían la única fuerza organizada de oposición a la dictadura.

En su libro Los comunistas en España, Guy Hermet escribe: «Simón Sánchez Montero, detenido en 1959, resiste durante varias semanas a los malos tratos; y contesta así a uno de los guardias que le pregunta si siente odio hacia él y hacia sus colegas: «No, porque nuestra lucha extrae su fuerza del amor hacia el pueblo, hacia la clase obrera de España». Se dice que, emocionado por tanta generosidad, el policía reconoció que «debe haber algo grande y potente para que estos hombres actúen así».

El PC ejercía, pues, una gran fascinación, y diré que no sólo en los intelectuales: no pocos representantes del gran capital y algún torero famoso, amén del policía aludido, sucumbieron ante los mismos sentimientos, Como la militancia era clandestina y no se distribuían carnés, el hecho de albergar a un permanente, de prestar una máquina para redactar una octavilla le incluía a uno en aquella familia grande, ilimitada, unida por la lucha antifranquista.

Los auténticos del PC se reunían en células misteriosas. Los que no asistíamos a las reuniones, por cobardía, por elitismo, por falta de valor para asumir nuestras convicciones, por que no se fiaban de nosotros o sencillamente, por no compartir la misma aversión hacia el mundo occidental y pensar que un sistema liberal parlamentario podría aportar aún libertades y progresos, éramos compañeros de viaje.

Gracias a la labor de los militantes de base, gozábamos nosotros de un gran confort moral. Manos sucias y conciencia limpia —la moral sartriana al revés—. El partido comunista nos utilizaba, pero a nosotros nos venia muy bien la caución del partido comunista en nuestras actitudes. Era muy diferente de lo que decían las derechas de los tontos útiles, donde el provecho corría por un solo carril. Distinto también el caso de los compañeros de viaje cuando se salen de la órbita que el de los militantes excluidos, tipo Claudin o Semprún. Aquéllos —nosotros— nos beneficiábamos de viajes, prestigio, buena conciencia, mientras que éstos sacrificaban todo a labores ingratas y peligrosas. Todo el mundo puede reflejar del asado, matar al padre, como hay que hacer, y hasta dicen ahora que a la madre también, pero yo concedo más derechos a denigrar lo que se amó y sirvió con abnegación que lo que se observó utilizó en provecho propio.

Pero no debo ni quiero caer en un masoquismo morboso, ni en un deslumbramiento beatifico, que nadie hace ningún sacrificio si no encuentra una fuerte satisfacción e interés, y ni Schweitzer fue tan virtuoso ni las personas citadas dejaron de realizarse de una u otra forma.

En aquellos años, el partido comunista disponía de la infraestructura de difusión cultural más eficaz y dinámica, a la par que coherente. Había otras, también progresistas, pero en ellas colaboraban masivamente elementos del partido que prolongaban la política, elaborada entonces, de gran apertura y de unión de las fuerzas del trabajo y de la cultura; mientras tanto, los organismos oficiales contribuía, por su escaso prestigio, a aislar a escritores sumamente valiosos, como Pla, Cunqueiro o Delibes. De este modo, editoriales, premios literarios, exposiciones, publicaciones, fueron aglutinando alrededor del PC a la mayoría de los intelectuales jóvenes, cuyo denominador común era el antifranquismo y donde no cabía distinguir entre el militante, el simpatizante, el compañero de viaje o el oportunista ávido de darse a conocer.

Así se propició el realismo en literatura y todo lo que se ha llamado la poesía social, con Celaya, Eugenio de Nora, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma —uno de cuyos libros de poemas se titula precisamente Compañero de viaje, donde expresa sus dudas y angustias—. Los mismos que propulsaron esta corriente tratan ahora de desprestigiarla, y no sin razón, pues nos impusieron al Blas de Otero de Hablando en castellano en detrimento del de Ángel fieramentehumano o de Redoble de conciencia, y en su afán de resaltar los valores sociales (Antonio Machado) menospreciaron lo que consideraban poesía pura (Juan Ramón Jiménez).

En novela se impuso el realismo, con Juan y Luis Goytisolo. Armando López Salinas. Antonio Ferrés, Juan Garcia Hortelano, sin olvidarnos de Miguel Salabert y otros del exilio interior, que eran traducidos y editados en el extranjero, donde durante esos años, y gracias a la labor de militantes y compañeros de viaje bien situados, se confundía oposición al franquismo y calidad.

En pintura, la frontera de que hablaba antes, entre el militante, el compañero de viaje, el simpatizante y el oportunista, a la par que la utilización de todos ellos por parte del PC, es más difícil de señalar, pues nunca hubo una línea artística definida, como en literatura. Los pintores no testimoniaban con sus obras, sino participando en exposiciones colectivas que se celebraban por toda Europa (especialmente en Paris, Italia y Suecia), en homenajes a pintores, subastas de cuadros para recabar fondos, etcétera. En los nombres de Ortega, Genovés, Ibarrola, Saura, Tápies, Millares, Francisco Mateos, Arroyo y Canogar hallamos desde los militantes del partido hasta el enganchado en todos los trenes, pasando por compañeros de viaje del primer momento, que todavía lo son hoy.

En cine fue inmensa la labor de la productora UNINCI, animada por Ricardo Muñoz Suay, y en la que colaboraron Bardem, Pere Portabella y Domingo Dominguín; a ella debemos algunas de las grandes películas de la historia del cine español, comoViridiana, sin que se pueda decir que Buñuel haya sido compañero de viaje del PC, mas si compañero del mismo viaje antifranquista.

¿Y que de los que escribimos en Triunfo, revista considerada globalmente, durante mucho tiempo, compañera de viaje? Llevo unos doce años en ella, completamente identificado con su línea y ayudando modestamente a trazarla, y todavía no lo sé. Y nadie me ha pedido cuentas.

En resumen, que el partido comunista subyugaba mientras luchaba en la clandestinidad y ofrecía plataformas de realización personal y proporcionaba buena conciencia. Con su legalización, y la inevitable dedicación a la politiquería, se acabó la fascinación. Muchos intelectuales, tanto militantes como simpatizantes, se han salido. El PC ya no los necesita para representarlo ante diferentes estamentos de la sociedad, como antes; para eso están ahora los políticos profesionales, que tal vez no lo hagan mejor. Tampoco se busca ya el respaldo moral del PC: el reinvento de la democracia es más que suficiente. Por otra parte, los medios de difusión cultural oficiales han adquirido cierta solvencia, y los privados (editoriales, productoras cinematográficas, etcétera) llegaron a comprender que la progresía puede ser también un buen negocio; los atropellos imperialistas de la Unión Soviética en Checoslovaquia, en Cuba (con sus consecuencias), en Afganistán; las chapuzas de la Moncloa; el abandono en el partido de «una parte del leninismo» y las incertidumbres del eurocomunismo han venido a rematar las eventuales ilusiones.

Muchos compañeros de viaje se habían alistado en el momento eufórico de la legalización. Se encontraron, además, con el centralismo democrático.

Otros no sentimos nunca esa desazón de saber que el carné se está pudriendo en la mesilla de noche, que hay que renovarlo, y que no se tienen ganas de hacerlo.

Así ha perdido el partido comunista la mitad de sus adherentes. Eran un producto de una situación histórica aborrecible, compañeros de viaje que no debieran haber existido.
.

ainda sendo conveciño e protexido confeso de Fraga,
como compañeiro de viaje, 
alcanzou París


De Vilalba, a torta de amendoa,
e os Chao, postos ao Rego certo
.
Ed. 07.05.14-01:20h

terça-feira, 15 de maio de 2012

de Chao de Vilalba e de man negra


Ramón Chao Rego - Periodista y escritor

en A Coruña - foto: Juan Valera


"Francia está peor que España"


"Siempre digo que Mano Negra, el grupo de mi hijo, fue una creación del gran semiólogo Roland Barthes"


Lleva un tatuaje por cada libro que ha publicado, en total18: figuras de pianistas, guerrilleros, la Bella Otero, Brassens... Pronto, dice, añadirá otros dos: el de Juan de Betanzos y el de un Quijote en bicicleta. Ramón Chao (Vilalba, Lugo, 1935) trabajó como periodista de la antigua Radio France Intercontinental, fue firma de la revista "Triunfo" y colaborador del diario francés "Le Monde".

ISABEL BUGALLAL –Usted vive en París. ¿Cómo nos ven los franceses?

–¿Cómo nos ven? De ninguna manera.

–¿Nos ignoran?

–Es que hay tantos problemas en el mundo... Si España estuviera como Grecia, pero no ha llegado a ese extremo. Creo, además, que Francia está peor que España, su deuda exterior es superior y dentro de unos meses se va a saber porque Hollande va a descubrirlo. Sarkozy ocultaba todo. Se dice que España está peor de lo que está por él. ¿Qué se piensa de España? Que está, como toda Europa, muy mal. También el Gobierno actual [de Rajoy] tiene interés en decir que está muy mal, pero desde Francia se percibe como siempre.

–¿Sí?

–Bueno, los políticos y los analistas, no. Ellos opinan en función de sus intereses y de su tendencia. No hay que fiarse de ellos. Desconfío mucho de esa gente. Es cierto que España no está muy bien, pero, insisto, Francia está peor.

–¿Qué perspectivas cree que se abren con Hollande?

–Yo deseaba intensamente que ganara. Va a ser dificilísimo, pero ya empieza a haber elementos externos que ayudan un poco: la derrota de Merkel en las elecciones de Renania-Westfalia, el posible triunfo de la extrema izquierda en Grecia si se repiten las elecciones... Hollande empieza a no estar solo. Es socialista y no quiere la revolución, pero tampoco someterse como hicieron los socialistas españoles o el Pasok griego. Hollande es la gran esperanza, logró al menos liquidar a Sarkozy.

–Un personaje.

–Un egocéntrico sin escrúpulos capaz de cualquier cosa. Ha desmantelado la República y ha puesto en puestos clave a sus amiguitos.

–¿Ve con esperanza el movimiento del 15-M?

–Sí. Todo lo que sea oponerse de forma tajante a la sociedad actual es esperanzador. No se quieren organizar como partido pero tendrán que inventar algo porque la horizontalidad es muy difícil. La gente tiene que darse cuenta de que no podemos seguir en manos de gánsteres.

–Antes ejercían la censura los gobiernos y ahora las empresas de comunicación, dice usted.

–Antes ejercían la censura los directores de periódico; después, los políticos y luego, la justicia. Fraga, el muy pillabán, dijo que con él se acababa la censura pero fue peor, porque cualquiera podía presentar una denuncia.

–Y así llegó el fin de "Triunfo".

–Cuatro meses de suspensión y no volvió a salir. Cuando llegó al trono don Juan Carlos, hubo amnistía para todos menos para la revista Triunfo. Debieron de pensar que era peligrosa.

–¿Y ahora?

–Ahora son los propietarios de los medios de comunicación, los capitalistas, los que echan a los periodistas que no les gustan.

–No es buen momento.

–Es un momento muy difícil. Para que un periódico salga y tenga periodistas se necesita mucho dinero y solo lo tienen las multinacionales. En Francia, el periodismo mejor y más imparcial está en los medios de comunicación públicos. Son los más objetivos.

–¿Sus hijos, Manu y Antoine, influyen mucho en usted?

–Siempre aprendí muchísimo de ellos. Me han ido formando. Antoine es periodista y músico. Él creó Los Carayos y metió a Manu.

–Usted es un gran propagandista de Manu.

–Al revés, es él el que hace propaganda. Tengo un blog con unas 200 visitas al día. Un día recibí 500, 300 venían de Colombia: la víspera había dado un recital en Bogotá.

–Fue a Cuba con ellos.

–En dos ocasiones, pero fui más veces. Tenemos ascendencia cubana y mi padre vivió allí catorce años. Eso explica el amor de mis hijos por Cuba y por América Latina.

–En Cuba descubrió el PPG.

–Es una maravilla, un elixir de vida. Soy un forofo, lo cura todo, un catarro y hasta una tendinitis.

–Un fármaco contra el colesterol que, al parecer, hace furor como potenciador sexual.

–Pues no me di cuenta. No lo sé, no tuve necesidad.

–¿Habla con sus hijos en español o en francés?

–Siempre les hablé en español, y me lo agradecieron cuando fueron a América Latina. Solo puedo comunicar los afectos en español. También lo hablo con mis nietos. El mayor, de 21 años, hijo de Antoine, es guitarrista en un grupo. Tengo otro de 8, también de Antoine, al que doy clases de español por teléfono. Y Manu tiene un hijo en Brasil de 12 años que toca muy bien la guitarra

–Toda una estirpe de músicos que arranca con usted, un gran intérprete de piano, dicen.

–Yo enseñé música a Antoine y a Manu. Había dejado el piano durante unos años y un día que fui a entrevistar a Roland Barthes a su casa vi que tenía uno y acabamos tocando a cuatro manos. "¡Qué imbécil soy!", me dije, y al cabo de una semana tenía un piano en casa. Empecé a tocar de nuevo y Antoine y Manu se quedaron embobados, boquiabiertos. Durante dos años les enseñé y después fueron al conservatorio, pero lo dejaron muy pronto. Por eso digo siempre que Mano Negra fue una creación del gran semiólogo Roland Barthes.
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http://www.farodevigo.es/sociedad-cultura/2012/05/15/francia-peor-espana/648663.html



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Ramón Chao Rego (Villalba, Lugo, 1935)
es un periodista y escritor gallego.
Es Oficial de las Artes y las Letras de Francia.

Obtuvo el Premio de Virtuosismo de Piano en (1955). Ese mismo año se trasladó a Francia para ampliar estudios musicales con Nadia Boulanger y Lazare Lèvy. En 1960 comenzó a colaborar en el Servicio de Lenguas Ibéricas de la RTF. Diez años después fue nombrado jefe de ese Servicio. Al tiempo, colaboraba en el semanario Triunfo, en el mensual Le Monde Diplomatique y en los diarios 'Le Monde y 'La Voz de Galicia.

Es padre del periodista Antoine Chao y del cantante Manu Chao, ambos componentes del extinto grupo musical Mano Negra. Es hermano del teólogo Xosé Chao Rego.


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